08 Sep CÓMO SUPERAR EL BLOQUEO ESCRITOR
¿Cuántas veces te has puesto delante de un folio con la firme intención de escribir las mejores frases de tu vida y te has quedado del mismo color que el folio? Tiene un nombre de estos sesudo: El bloqueo del escritor.
No hay recetas mágicas para superar este síndrome, enfermedad, situación momentánea o cómo lo queramos llamar. Como siempre en este blog, te voy a hablar de mi experiencia, de cómo lo afronto, de los momentos en los que lo he sufrido, de las soluciones que he adoptado y de los resultados que me han ofrecido para darte más herramientas con las que superar el bloque del escritor.
¿Qué es el bloqueo del escritor?
Muchos de los artículos que he leído a lo largo de mi carrera suelen hacer referencia a que las musas te abandonan. Perdonadme, reconozco que queda muy poético, pero jamás en mi vida he visto seres mitológicos danzando a mi alrededor en mi proceso creativo. 
Esto va de trabajo, de currar, como casi todo en la vida. Siento ser yo el que te lo diga, pero en este blog no se miente. Igual se es menos prosaico que en otros, pero la realidad es así de cruda la mayor parte de las veces.
Las preguntas sobre el bloqueo del escritor.
Agobia, claro que sí. Es la peor de las sensaciones que puedes tener cuando te pones a escribir. Estás durante minutos, horas, jornadas (días incluso), sin que se te ocurra nada medianamente decente. Y ese es el primero de los problemas, que te juzgas. Nada decente. ¿Por qué no escribes lo que sientes y luego te ocupas de valorar el resultado?
Te sientas delante del teclado o con un bolígrafo en la mano o cualquier otro elemento con el que habitualmente suelas hacerlo y permaneces mirando la pared, el mueble o lo que tengas frente a ti, dándole vueltas en la cabeza a ver de qué demonios tengo que escribir que merezca la pena, que quieran leer mis lectores, que resuene en los ecos del Olimpo de la literatura por los siglos de los siglos… y suspiras, suspiras largo y tendido porque nada acude a ti.
Alejandro Marcos es escritor y docente en la prestigiosa Escuela de Escritores de Madrid. Junto a mi siempre adorada (a la par de adorable) Chiki Fabregat, se encarga de la capacitación docente de la escritura creativa. En esta entrada del blog de la escuela habla de algo muy importante ¿Solo me pasa a mí? No amiga, no amigo, no estás solo/a en este mal. Es común y consustancial a cada uno de los locos que nos dedicamos a este maravilloso mundo de la creación. También vas a poder observar algunos consejos para afrontarlo. Tómalos como alternativas, opciones, no como recetas mágicas porque no las hay.
Cuando me pasó a mí.
Todas aquellas personas que escribimos (incluso los que padecen el síndrome del impostor en algún momento, aunque de esto te hablaré otro día), creemos que nuestro trabajo es más crucial o importante de lo que realmente es.
Debemos compartir nuestra visión del mundo. Nuestra percepción de las cosas. La vida no puede avanzar sin nuestra opinión al respecto de las pasiones humanas… MENTIRA. Siento decírtelo así, pero cuánto antes te des cuenta de que no eres el ombligo del mundo, antes serás capaz de relativizar y disfrutar del proceso. Eso es lo verdaderamente importante y necesario.
No puedes perder de vista que leer es un entretenimiento. Lo que escribes sirve para entretener. Y dentro de eso hay una enorme cantidad de matices, pero descarga un poco la tensión de tener que llevar sobre tus hombros el nuevo cambio mundial. No es tu rol, ni tu guerra.
Cuando eres consciente de esto, la vida fluye, las cosas salen.
Los que saben más sobre bloqueo del escritor.
Carme Arrufat, ha publicado 11 libros. Ha ganado 35 premios literarios y lleva más de 20 años dando clases de escritura creativa. En este post para el blog de la famosa copywriter Maider Tomasena, habla de la forma en la que influyen las emociones en el proceso creativo. Somos emoción, estamos cimentados en pasiones, es lógico que la falta de gestión de las mismas nos lleven al punto de paralizarnos por completo. Porque no somos máquinas ¡GRACIAS A LOS DIOSES!
Eso fue lo que me pasó a mí, a grandes rasgos. Me abrasaron las emociones, me pasaron por encima, igual que un torrente de agua desbocada incapaz de encontrar su cauce.
Estaba en pleno proceso de escritura de «El mapa de la inocencia», la que será mi segunda novela publicada en los próximos meses. Después de Cuando tomábamos café, había tenido mucha aceptación de parte del público, pero la pandemia y distintos factores que no vienen al caso con la editorial, los resultados y lo que yo quería hacer con mi vida de escritor no terminaban de encontrar sus caminos.
«Si la novela no encuentra editorial, lo dejo»
Había escrito otras dos novelas que continúan en el cajón. Intenté encontrarles casa, pero hasta el momento no ha habido suerte. Esto es muy común a todos los escritores, hasta aquí nada nuevo. Cuando comencé a escribir El mapa de la inocencia, ni siquiera se titulaba así. Lo tomé como una revalida, como el ser o no ser de mi vida de escritor: «si esta novela no encuentra editorial, lo dejo». Hasta ese punto llegué.
No quería hacer caso a ningún consejo. Nada me valía y cada jornada de escritura era como un trabajo «nutricional». Jornadas maratonianas, con objetivos fijos y hasta que no salía, no paraba.
Me levantaba temprano, me acostaba tarde. Comía mal, no descansaba, me machacaba en el gimnasio por obligación y no por diversión. Cuando llegaba a la silla estaba cargado de un cansancio y un odio, sí, odio, que no me representaban. A esto había que unirle el trabajo que me «paga los vicios» y los avatares propios de la vida.
«Me rompí por dentro»
«El mapa de la inocencia» narra cosas que ahondan mucho en lo personal. Relaciones personales, familiares, sentimientos muy profundos que si bien no pertenecen en su complejidad y totalidad a mi persona, sí que, evidentemente, toman como punto de partida algunos sucesos acaecidos en mi vida. Narrados en mi pueblo, en mi barrio, con personajes inspirados en personas que ya no están, me rompí.
Y me rompí de tal manera que lloré por dentro y por fuera. Me agoté. Estaba fulminado, agotado física, pero sobre todo mentalmente. Cada vez que me ponía delante del ordenador, era incapaz de teclear. Se me había olvidado hasta la posición de las letras, de las teclas. Me sentía torpe y estúpido. Me juzgaba, me machaba mentalmente diciéndome que iba a ser incapaz de conseguir lo que me había propuesto «una vez más». ¿Te suena?
Intenté ponerme con el cuaderno, como siempre, como he hecho toda la vida, como lo hago cuando quiero contarme cosas solo a mí. Cuando quiero descargar lo que me duele por dentro, con ese único objetivo. No era capaz. Y NO TENÍA NI PUTA IDEA DE POR QUÉ.
Recetas vendo que para mí no tengo.
Como puedes comprender, vivir conmigo era un infierno en ese momento. Dejé de dormir. Nunca me había pasado, yo soy un cesto. Dejé de comer. Perdí del orden de 7 kilos. Me dolían las articulaciones, se me empezó a arrugar la mano derecha en un proceso parecido a la artritis. Y pasaron casi cuatro semanas. Hasta que alguien me dijo: Hasta que no te enfrentes con eso que está paralizando y lo escribas, no sanarás.
SANARÁS. Esa palabra resonó por dentro de tal manera que algo en mi interior cobró sentido. Escribir siempre ha tenido un efecto sanador en mí. Escribo porque lo necesito. Porque si no lo hago, muchas de las cosas que necesito plasmar en un folio, torpedean mi normalidad. Necesito sacarlas para superarlas y continuar, para darle explicación. Pero en ese momento había perdido el norte. No lo observaba. Porque la literatura había dejado de ser una amiga, una amante, para convertirse en un vehículo mercantilista absurdo, en un «¿ves? te lo dije, tengo razón». Y, así, no funciona. Nunca lo hace.
Arantxa Rufo, escritora de novela negra (entre otras cosas) comparte conmigo algunas de las causas del diagnóstico. También parte de las soluciones, aunque no todas.
¿Qué hice con mi bloqueo del escritor?
Con todo esto llegamos al momento clave. Tenía que tomar una decisión. La novela estaba justo a la mitad de la escaleta. Había trabajado mucho en la estructura de la misma, los personajes, la trama, el conflicto, el trabajo de las escenas, la primera página… pero había perdido lo más importante: LA EMOCIÓN. EL AMOR DE LITERATURA.
Tenía que recuperarlo para que el bloqueo desapareciera. ¿Cómo? Enfrentándome a algo de mi pasado que me impedía avanzar, que me había dejado estancado en los 14 y que, en mi ignorancia, no tenía ni idea que sucedía. Me vais a permitir que eso quede en mi privacidad, pero lo que sí puedo compartir es que fue DIFICIL de narices.
- Recorrí los escenarios de mi niñez, por mi barrio, los mismos que aparecían en mi novela. El objetivo no era otro que el de congraciarme con el JC adolescente que se encontraba llorando por algún rincón, desamparado y solo, pidiendo ayuda.
- Paseé con Gizmo, mi mejor amigo, durante largas jornadas. Hablamos (el que piense que los perros no hablan, no ha tenido uno en su vida), le pregunté cosas sobre cómo afrontar ciertas situaciones con un personaje de la novela llamado Sugus que ya conoceréis.
- Medité. A mí me sirve mucho, pero había dejado de hacerlo. Recuperé los podcast de Mario Alonso Puig, a quién admiro y sigo desde hace años. También encontré a la Dra. Nazareth Castellanos, de la mano de mi amigo, consejero y psiquiatra de guardia, el Dr. Manuel Benitez.
- Nadé, es una maravilla para oxigenar cuerpo y mente. Si no lo has hecho te recomiendo que lo hagas. Todo se observa mejor debajo del agua. La cantidad de escaletas que he pergeñado entre largo y largo. Si la piscina hablara…
- Leí por placer y no por obligación. ¿Qué curioso, verdad, con la que está cayendo ahora tras la declaraciones de la tal María Pombo? Pues sí, se me había olvidado leer por gusto. Porque sí. Pues lo retomé. Mano de santo.
- Volví a leer poesía y a intentar escribir cómo me sentía. Recuperé escritos de cuando era ese adolescente gordito con el que todos se metían. Miré a los ojos al gatito ese del espejo.
- Tuve una conversación interesante con el personaje principal de mi novela, Abel. Me zarandeó así un poco de los hombros, algo impropio en él, me dijo cuatro cosas y me quedé más suave que un guante. Y, sobre todo, tuve una conversación crucial con mi padre. Una que llevamos tiempo debiendo mantener y por lo que sea, no habíamos tenido.
Y, entonces, como por arte de magia (que ya te digo que de magia nada, todo curro), las aguas encontraron su cauce y el bloqueo del escritor comenzó a soltar sus cerrojos poco a poco. No fue rápido, no fue fácil, ni, sobre todo, será la última vez que pase. Eso me quedó muy claro. Pero las cosas empezaron a sanar. El apetito regresó, la apatía desapareció, la fuerza regresó poco a poco a mis articulaciones… ¡ah! Y descubrí que soy intolerante a la lactosa y el gluten (je, je)
Resultado sobre mi bloqueo del escritor.
En este proceso Jimena Fernández fue muy importante. Fue duro, fue difícil, traumático incluso por momentos, pero sanador. Aquí habla de algo que padecía y NO quería reconocer: el miedo. Estaba acojonado a fracasar. Pero no con una novela completa, no, con cada frase. El censor interno no me dejaba tranquilo, ni me lo podía quitar de encima. Los consejos de entonces, con calma, fueron dejándolo de lado. Pero no con la idea que tienes en la cabeza de pasar y dejarlo ahí, no, enfrentándose con él. Los obstáculos puedes afrontarlos de distintas maneras, yo decidí confrontarlo y coger algunas de las herramientas que pusieron a mi disposición.
Pensamos que estamos solos en este mundo, pero no es verdad. Pedir ayuda no es algo que esté sobrevalorado, es que está ignorado por completo. La razón es que dejamos pasar al crítico interior diciendo bobadas del estilo: Vas a parecer un tío débil incapaz de solucionar sus propios problemas. Tu reputación está en entredicho.
Ni caso.
Todos necesitamos en un momento determinado que nos ayuden. Todos. No pasa nada. Pide ayuda, grita si no te escuchan. Con las herramientas que pongan a tu disposición, saldrás adelante. No habrá bloqueo del escritor que te pare, ni mil paparruchadas más. Internet está muy bien, pero el contacto humano, bajo mi punto de vista, es irremplazable. Si puedes hacerlo, úsalo. Y reconoce que tienes un problema, eso es mano de santo.
Despedida y cierre.
No hay recetas mágicas en esto, como en nada en la vida. Gabriella Campbell lo tiene claro en este video. A cada uno nos sirve una cosa diferente, pero el problema es real, existe. Las causas están ahí y tienes que abordarlas. Si mi experiencia te sirve para superarlo, me alegrará leerlo en los comentarios o escucharlo de tu voz. Si no es así, seguro que la experiencia de otros compañeros o compañeras, lo hará. No desesperes y busca hasta encontrar, está ahí.
Yo, ahora, necesito de tu ayuda. Comparte este artículo si consideras que lo merece. Suscríbete a mi blog si piensas que lo que cuento es interesante. Y haz un tanto de lo mismo con mi newsletter si quieres recibir información de mis lanzamientos, eventos, actos, novedades y promociones o regalitos antes que nadie. ;P He cambiado de proveedor y mi lista anterior, se perdió por el camino.
Haaaaaaaaasssstaaaaa aaaaaaaaaadiooooooosssss.





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